La de la normalización 

La que has liao, pollito Eliad Cohen. Y todo por el inocente deseo de querer normalizar la imagen de los gays en televisión, lo que te ha llevado, según la explicación que tú mismo has puesto en tu página de Facebook, a cometer un simple error con el idioma.

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¡Pero si parece que no ha roto un culo plato en su vida!

Sobre la normalización se han escrito rios de Gloria tinta, pero es un debate que parece que no acaba nunca. Tú, mi queridísimo Piscis, a lo mejor piensas que normalizar al colectivo LGTBI no tiene nada de malo, ¿verdad? Pues te equivocas de cabo a rabo (no, ese rabo no). Por lo menos desde mi punto de vista.

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Agárrate, que vienen curvas

Según la RAE, normalizar significa hacer que algo se estabilice en la normalidad. ¿Y qué es la normalidad? Quizás para ti ser normal signifique no tener pluma y  que la gente te suelte el manido ¡Pues no se te nota nada que eres gay! cuando hablas por primera vez de tu chihuahua, pero para mí eso es una absoluta gilipollez.

Si nos basamos en los mismos  estereotipos, un hombre heterosexual tendría que escupir en el suelo y hablar de fútbol todo el tiempo y las conversaciones de las mujeres heterosexuales deberían tratar sobre el último vestido que se han comprado y sobre que Fulanita está más gorda o tiene más estrías desde que la dejó Menganito. Y sabemos que no es así.

What’s the tea, gurl?

Todos conocemos maricas futboleros, maricas taurinos e incluso maricas fervorosamente religiosos. Y eso es porque la orientación sexual (sea la que sea) sólo condiciona con quién te acuestas, no tu forma de hablar, ni la ropa que te pones, ni siquiera la música que escuchas. Y lo dice uno que ama a Britney Spears sobre todas las cosas.

Porque, cariño mío, como ya publiqué una vez en Twitter (ATENCIÓN A LA AUTOPROMO), el problema viene cuando se generaliza porque lo único en lo que coincidimos TODOS los maricas es en que nos gustan los penes. Fin de la historia.

La de los reencuentros

Estrenar un año es la excusa perfecta para marcarse nuevos propósitos. Yo he decidido que éste sea el año de los reencuentros.

El primer reencuentro será con este blog. Para mí es como un follamigo al que ves poco, pero cuando quedas con él te lo pasas genial. A este blog le prometo volver para darle besos y caricias y, con el tiempo, pedirle salir en serio.

El segundo reencuentro será con aquellos a los que hace mucho que no veo. Hay mucha gente que ha dejado de ser parte de mi vida porque no había tiempo o porque, cuando lo había, lo que no había era ganas. A ellos les prometo dejar de pensar en escribir y hacerlo.

El tercer reencuentro será con aquellos a los que veo casi cada día. Quiero conocerlos más, saber de dónde vienen y hacia dónde quieren ir, escuchar su historia. A ellos les prometo aprender de ellos todo lo que pueda.

El cuarto reencuentro será conmigo mismo. No soy el que era hace cinco años, ni hace dos años, ni siquiera hace un año. Me siento con ganas de quererme, cuidarme y gustarme más que nunca y de que nada ni nadie me haga pensar lo contrario. A mí mismo me prometo darme amor cada día.

El último reencuentro será con estas mismas promesas dentro de un año. A estas promesas les prometo poner todo mi empeño en cumplirlas.

La del laísmo

*¡Dila que como no venga la doy una torta! O cualquier frase parecida. Es oírla y se me gira la cabeza.

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Dramatización. Puede que no ocurriera.

A todos los que hemos nacido o crecido o reproducido fuera del Reino de Castilla el laísmo nos da risa. O escalofríos, depende del grado de conocimiento lingüístico. Es más, los que habitamos dentro de las fronteras laístas vivimos con miedo de que se nos pegue y acabemos diciendo cosas como *No te me le lleves, *¡A la niña no la grite usted! o incluso *Dámelelola. Vale, esto último quizás no, pero tiempo al tiempo.

En mi cruzada personal contra este fenómeno me he encontrado teorías de los más variopintas. Mi preferida es la de una compañera de trabajo muy madrileña que dice que “Si tiene pene es le, si tiene vagina es la y si no sé lo que tiene o es una cosa es lo“. Un triunfo para la lógica, pero una masacre para la lingüística.

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Te quedas muerta, Chomsky.

Mi primer instinto siempre es dar la explicación en versión extendida: que si la sintaxis, que si lola se usan para el complemento directo y le para el indirecto, que si la acción del verbo… El problema es que a los dos segundos sabes que la otra persona está preguntándose qué ha hecho para merecer esta tortura y está buscando con la mirada la salida más cercana para echar a correr en cuanto me despiste.

Es entonces cuando les cuento mi truco, que no es tal truco, sino la radio edit de la versión extendida: quita a la persona y pon una puerta. ¿Que por qué por una puerta? A eso voy.

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Relax

Pongamos como ejemplo la frase Di a María que venga. Si sustituimos María por un pronombre y seguimos la teoría de mi compañera habría que decir *Dila que venga (Dios nos asista). Si María se metamorfosease en una puerta (cosas más raras se han visto) seguiría conservando la preposición (Di a la puerta que venga), lo que significa que es un complemento indirecto y lo correcto sería usar le y no la ni lo (Dile que venga), ya estemos hablando de María, de la puerta o de nuestro primo del pueblo.

Ahora vamos a sustituir niño por un pronombre en la frase Trae al niño a casa. Siguiendo la aplastante lógica anterior quedaría *Tráele a casa, que tampoco suena tan mal. Pero cambiemos al niño por una puerta (mal negocio éste) y, ¡tachán!, la preposición desaparece (Trae la puerta a casa), por lo que es un complemento directo y habría que usar lola según el género (que no el sexo) de la palabra (Tráela a casa).

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¡Es la magia de la lingüística!

Reconozco que el segundo ejemplo es más difícil de ver porque está bastante aceptado y extendido el uso de le en lugar de lo cuando se trata de un referente masculino, pero a veces hay que ponerse estricto y a mí a dominatrix estricto no me gana nadie.

La del orgullo

Amanerado, bujarra, mariquita, culero, que cose para la calle, desviado, finocchio, gay, loca, colipato, que juega en otro equipo, homosexual, bollo, cachapa, tragasables, bollera, maleante, invertido, faggot, trucha, julandrón, de cáscara amarga, lesbiana, schwul, ninfo, palomo cojo, galleta, obvia, que pierde aceite, sodomita, joto, puto, queer, rosca, hueco, muerdealmohadas, a friend of Dorothy, parchita, sarasa, lamefelpudos, mariposón, péde, transexual, panadera, vago, soplanucas, de la acera de enfrente, choto, tortillera.

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La de la puerta

Hay una puerta. Una puerta de madera. Una puerta sin vetas ni imperfecciones. Una puerta amarilla con el picaporte dorado. Una puerta sin mirilla. Una puerta recia, fuerte. Una puerta cerrada.

Hay una puerta. Parece una puerta, pero no lo es. Es pena. Pena por lo que fue y luego dejó de ser. Pena por lo que podría haber sido y no fue. Pena por lo que habría pasado si hubiese sido. Pena por las posibilidades que no se hicieron realidades. Pena con ojos marrones y con ojos azules, como a veces son las penas.

Hay una puerta. Parece una puerta, pero no lo es. Es miedo. Miedo a lo que viene. Miedo a no ser dos, sino uno. Miedo a mirar hacia atrás con pena. Miedo a mirar alrededor y que algo llame a la pena. Miedo a mirar hacia adelante y no ver más que pena. Miedo sin ojos ni cuerpo, como a veces son los miedos.

Hay una puerta. No se debe abrir, pero a veces es imposible no echar un vistazo. Tres segundos. Suficientes para que las penas y los miedos salgan a coger aire. Cinco segundos. Demasiados para los que se quedan sin aire.

Hay una puerta. Hay que cerrarla bien. Hay que oír cómo encaja el pestillo y luego hay que girar la llave, no se vaya a abrir de repente y todos los miedos y todas las penas salgan a desfilar.

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La del título

El signo ortográfico que más pena me da es la coma vocativa. Es la gran olvidada que nadie usa ya, aunque eso le da un toque vintage que siempre queda bien. Es como dejarte ver con ese amigo hipster moderno que te descubre música que sólo escuchan él y sus colegas en su piso de Malasaña.

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La función de esta coma es aislar dentro de la frase a los nombres que funcionan como vocativos, es decir, a los sustantivos que llaman o nombran al interlocutor. Grosso modo, cuando metes en la frase a la persona con la que estás hablando. Algo que hacemos muy a menudo porque si algo nos gusta es enfatizar. Faltaría más.

Pues no hay uno que la ponga, oye. Mil veces habré visto *Buenos días compañeros o *Que te mejores Fulanito! o *Vienes Menganito? (sin los signos de apertura, que ésa es otra). Nos caigan bien o no, todos estos interfectos (los compañeros, Fulanito e incluso Menganito) tienen función vocativa y deberían llevar una coma para separarlos del resto de la frase, por lo que lo correcto sería escribir Buenos días, compañeros¡Que te mejores, Fulanito!¿Vienes, Meganito?.

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Más sangrante aún es encontrarse un vocativo en mitad de frase CON UNA SOLA COMA: *No sé si sabes Paco, que me han ascendido. A ver, alma de cántaro: esto es quedarse en tierra de nadie, un coitus interruptus lingüístico en toda regla. Al bueno de Paco le ha tocado la lotería ser vocativo y por eso tiene que ir entre comas: No sé si sabes, Paco, que me han ascendido.

Acabada la explicación sólo me queda decir gracias por venir que la usen más y además la usen bien.

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La del reencuentro

Andaba yo desde hace días con la idea de abrir un blog y resulta que ya tenía uno… desde enero de 2012. Ahí es ná. Con cuatro entradas, eso sí, que estas cosas se empiezan con muchas ganas y se pierden a una velocidad directamente proporcional al entusiasmo del implicado. Lo mejor de todo es que no tengo que partirme la cabeza para buscar un nombre que me guste: se ve que mi yo de hace cuatro años estaba inspirado. Bien por él.

Ahora sólo queda volver. Casi nada.

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