La de la puerta

Hay una puerta. Una puerta de madera. Una puerta sin vetas ni imperfecciones. Una puerta amarilla con el picaporte dorado. Una puerta sin mirilla. Una puerta recia, fuerte. Una puerta cerrada.

Hay una puerta. Parece una puerta, pero no lo es. Es pena. Pena por lo que fue y luego dejó de ser. Pena por lo que podría haber sido y no fue. Pena por lo que habría pasado si hubiese sido. Pena por las posibilidades que no se hicieron realidades. Pena con ojos marrones y con ojos azules, como a veces son las penas.

Hay una puerta. Parece una puerta, pero no lo es. Es miedo. Miedo a lo que viene. Miedo a no ser dos, sino uno. Miedo a mirar hacia atrás con pena. Miedo a mirar alrededor y que algo llame a la pena. Miedo a mirar hacia adelante y no ver más que pena. Miedo sin ojos ni cuerpo, como a veces son los miedos.

Hay una puerta. No se debe abrir, pero a veces es imposible no echar un vistazo. Tres segundos. Suficientes para que las penas y los miedos salgan a coger aire. Cinco segundos. Demasiados para los que se quedan sin aire.

Hay una puerta. Hay que cerrarla bien. Hay que oír cómo encaja el pestillo y luego hay que girar la llave, no se vaya a abrir de repente y todos los miedos y todas las penas salgan a desfilar.

puerta-humedad

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